(Publicado originalmente en inglés en This is London.co.uk en 2007)
Mi reunión con Mike Oldfield no comenzó con buenos auspicios. Llegué a su mansión en Gloucestershire para hablar de su biografía, Changeling, que detalla su dolorosa y lenta recuperación de los problemas mentales que fueron la base de su lucrativa carrera musical de cuarenta años. Pero cuando llegué temprano, Oldfield, secándose de un chapuzón en su piscina cubierta, me miró desconfiadamente por delante de la seguridad de su puerta principal; entonces me invitó a pasar a su triste jardín alrededor de media o una hora y media . ¿Está realmente mejor?
Bueno, hasta cierto punto. Treinta minutos más tarde estábamos sentados bastante sociablemente en su estudio. Los 54 años no son completamente fáciles. Da vueltas, enciente y, prematuramente, lía una serie de cigarrillos y me mira a los ojos no muy a menudo. Es, a pesar de todo, especialmente franco: «Todavía no me gusta la vida social», asegura. «Y los demonios todavía están ahí, pero cuando los siento venir puedo hacerme con las riendas.» Ríe con una de esas raras pero exuberantes risas que acentúan nuestra entrevista.
Dice que escribió el libro por dos razones. La primera: cada vez que concede una entrevista, contesta sobre el seminario que hizo en 1978 con la terapia Exégesis, en la que experimentó un "renacer" que siente que le puso en el camino para la recuperación; así que sentía que iba a explicarlo una y otra vez para siempre. Segundo: espera que otras personas que, como él, que tengan pena reprimida o angustia puedan aprenden leyendo su libro. «Cuando era joven, podría haber sido maravilloso tener a alguien que lo explicara todo», asegura. «En ocasiones, la gente que es propensa al estrés no sobrevive. Se involucran en delitos, drogas, suicidios...»
Oldfield cree que la ansiedad puede heredarse; él podría estar padeciendo todavía los horrores de los que fue testigo su abuelo irlandés en Ypres. También cree que es un «mutante, o un experimento de la naturaleza», de algún modo incapaz de tener relaciones sociales normales, de ahí el título del libro.
Nació en 1953 y fue el tercero de tres hermanos, después de su hermana Sally y su hermano Terry, nacido de Raymond (un médico de cabecera de Reading) y de Maureen (una enfermera irlandesa).
En principio, fue una feliz aunque solitaria infancia. «No gustaba a los otros niños y ellos no me gustaban a mí», dice, «pero como niño, no me asustaba de nada.» Esto cambió cuando cumplió ocho años. Entonces, su madre desapareció brevemente, y cuando regresó su padre explicó que había tenido un niño muerto. De hecho, Oldfield descubrió más tarde que el niño nació con el síndrome de Danw y entró en casa, donde sobrevivió un año.
«Fue un gran secreto que ocultar para una familia,», dice. «Mi madre cayó en una depresión, y le prescribieron barbitúricos (creo que son ilegales ahora) y se hizo adicta.» Ella también comenzó a beber, algo que Raymond Oldfield aguantó sin inmutarse, incluso cuando su esposa le pedía medicación que él no podía prescribir.
«Se volvió una criatura boba autoanestesiada,» asegura Oldfield. «Perdió su dignidad.» En cierto momento, llamaron a un sacerdote católico para exorcizar el mal ambiente de la casa. Tras ser internada en un psiquiátrico por primera vez en 1962, Maureen podía volver al hospital cada tres meses o así, y salió aparentemente mejor. Entonces su estado volvió a empeorar otra vez».
Oldfield dice que el ciclo de recuperaciones y empeoramientos de su madre fue casi peor que el trauma de verla morir. «La música fue mi santuario,» dice. Tras aprender la guitarra por él mismo, Oldfield estuvo tocando en un local de Folk desde los 13 años, y dejó la escuela a los 15 con el nivel cero en Inglés oral. Ayudó a su hermana Sally (entonces, una prometedora cantante folk con contactos en el rock a través de su compañero del colegio Marianne Faithfull) en su álbum debut. Entonces formaron una pequeña banda de directo con su hermano Terry, antes de unirse a la banda de Kevin Ayers como guitarrista a los 16 años.
Había, como es normal en aquellos tiempos, drogas, y un Oldfield de 17 años tuvo un desgraciado viaje con el LSD. Comenzó a ver a los humanos como máquinas y sintió que la inmensa incomprensibilidad del universo se le había revelado. Esto le desencadenó su primer ataque de pánico.
«El miedo entra en uno, el corazón se acelera y se siente la seguridad de que se va a morir, pero no se puede explicar», dice. Aunque podía no haber vuelto al LSD otra vez, el pánico comenzó a sustentar su vida. Se volvió malhumorado y retraído, aterrado de viajar y de los espacios abiertos. Los años siguientes, en gira en Holanda con Kevin Ayers, sufrió un colapso que ahora reconoce que era una especie de ataque nervioso, y se retiró a la casa a la que sus padres se habían mudado en Harol Wood.
No podía comer ni dormir. «Pensé que estaba poseído,» dice, «que lo que sea que habían exorcizado en la casa de mi mamá volvió y se encariñó conmigo.» Empinar el codo, sospechó, le ayudó a calmar su miedo. «Mi lado irlandés me guió a la bebida, pero también allí fue donde conseguí mi música, así que no me quejo,» dice.
Como la banda de Kevin Ayers se separó, Oldfield le daba vueltas obsesivamente a un riff en el que había estado trabajando, grabando unos encima de otros diferentes instrumentos en una vieja grabadora de cinta; entonces fue a casa por la noche y se sentó a beber con su madre. Un hombre llamado Simon Draper le pasó la grabación casera a Richard Branson, que fichó a Oldfield para su naciente sello discográfico, Virgin, y financió la grabación de Tubular Bells.
Aunque las ventas fueron lentas al principio, el álbum fue número uno, y finalmente se mantuvo 250 semanas en las listas de los discos más vendidos. Hoy ha vendido más de 16 millones de ejemplares. El éxito tenía sus propios problemas. De momento, Oldfield estaba completamente paranoico e introvertido, y después de su primer contacto con la prensa, una entrevista con Melody Marker, le dijo a Branson que se sentía como si le hubieran raptado. Branson le persuadió para tocar Tubular Bells en concierto en el Queen Elizabeth Hall (dándole su Bentley), pero Oldfield rechazó contundentemente hacer una gira. En su lugar, se compró una casa la frontera galesa y comenzó a trabajar en su siguiente disco, Hergest Ridge, alimentado de coñac y Valium que mantenía en su cartera para "picar". En 1974 su madre llegó para pasar con él las Navidades; le echó un vistazo y le dijo: «Ya sabes cómo es, ¿no, Mike?». Al mes siguiente, murió. El forense sugirió que fue un accidente, pero Mike piensa que pudo haberse suicidado. En ese momento, él sintió que un enorme e invisible cordón umbilical había sido cortado. No habló con su padre en ese momento; estaba sufriendo ataques de pánico constantes y apenas puede recordar los tres años hasta que su hermana Sally le persuadió para probar el seminario de Exégesis conducido por Robert Daubigny (cuyo nombre real es Fuller).
«Es muy grande en los Estados Unidos, aunque tiene un nombre diferente ahora,» dice Oldfield. «Me adentré en un renacer cuando sentí que todo el pánico se fue de mí.» Es consciente de la mala prensa que la organización tiene desde entonces, reconoce que tiene tendencias culturales, y admite que el creciente júbilo de no tener miedo le condujo a un poco sensato matrimonio con la hermana de Daubigny, Diana. Él tenía, entonces, 25 años.
Y los demonios finalmente acabaron con él. Abrazado al estilo de vida de una estrella de rock, se encontró a sí mismo a toda pastilla durante una gira en 1980. «No podía dormir, así que tomaba píldoras para dormir cada noche,» dice. «Ello me permitió darme cuenta de que aunque pudiera purgar la mayor parte en el seminario, todavía habría una gran pena.»
Él comenzó psicoterapia en una práctica de Releí Street. «Me sentí como si mi pena fuera un gran balón dentro de mí» dice. «Durante la terapia, tan sólo lloraba durante meses hasta que sentía que se reducía a un tamaño cómodo.» Durante 25 años ha practicado terapia interrumpidamente, y en 1990, cuando los ataques de pánico volvieron de nuevo, su hermana Sally le introdujo en la meditación trascendental. Esto ayudó, igual que el tai-chi, pero Oldfield lo considera un signo de estabilidad mental que le ha aburrido con la terapia un año antes.
Este resumen, como su autobiografía, deja grandes partes de su vida inadaptadas. En 1980 tuvo una relación con la puertorriqueña Diana Cooper, con quien tuvo tres niños: Molly, Dougal y Luke. Al final de los años 80 estuvo con la cantante noruega Anita Hegerland, con quien tuvo su hija Greta y el hijo Noah. Esta relación terminó con acrimonia («los abogados están implicados») a mitad de los años 90. Como el milenio se acercaba, Oldfield se deshizo sin miramientos de Miriam, su novia alemana, a base de irse de juerga, lo que saltó a las páginas de sociedad del Sunday Times. Ahora está casado con la treintañera Fanny, una criadora de caballos. Se conocieron en Ibiza en 1996, donde él se construyó una casa y emprendió un enfermizo período de hedonismo, viviendo fuera, según él, los años de adolescencia que perdió. Pero no vivieron juntos hasta 1999. Con estas relaciones fallidas intentaba salvar a las mujeres pequeñas, morenas y neuróticas que le recordaban a su madre.
Él y Fanny tienen ahora un niño de tres años llamado Jake, quien por fin les está permitiendo disfrutar de la paternidad. «Todas las mañanas me voy a dar un largo paseo y Jake se viene conmigo. He empezado a enseñarle, no a meditar, pero sí a disfrutar de estar tranquilo. Y cuando hago tai chi, lo encuentra divertidísimo.»
Oldfield parece estar en paz estos días. Admite que, con los títulos acumulados, no necesita trabajar más. Él es todavía un poco extraño, cuando me dice que tiene apraiciones de seres de otros mundos, pero él está irónicamente a salvo de parecer «un jipi viejo» o «un lunático». Y todavía sigue trabajando.
Su último trabajo se llama Music of the Spheres, en el que está trabajando con el compositor de música clásica Kart Jenkins. Durante esta mañana tienen un encontronazo: «Me recordó a mi profesor de mates de la escuela regañándome», dice Oldfield. «Entonces recordé una pelea en el patio, y todos los demás recuerdos empezaron a aglomerarse. En el pasado me habrían aplastado, pero ahora puedo retroceder y esperar que desaparezcan. De cierta manera siento que escribir el libro ha cerrado ese capítulo sobre esas cosas».
Traducción: Noelia Sánchez y Héctor Campos.
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